La historia del bingo

La historia del bingo puede rastrearse hasta juegos de lotería más antiguos. Se considera que proviene de un juego italiano del siglo XVI llamado el Juego del Loto. Durante el siglo XVIII el juego era popular entre los aristócratas franceses y ya en esta época tenía el mismo formato que en la actualidad: se jugaban con tarjetas o cartones, las fichas estaban numeradas y se cantaban los números en voz alta. Sin embargo, en esta época el juego no era conocido como bingo sino como el Loto.

A partir del siglo XIX el juego se esparció a lo largo y ancho de Europa. Se hizo muy popular en Alemania, donde el juego se adaptó al público infantil con fines didácticos. Con este juego se enseñaba a los niños las tablas de multiplicar, a deletrear o los nombres de los animales.  

Finalmente el juego del Loto llegó a Estados Unidos a finales del siglo XIX. Este país es fundamental para la historia del bingo, ya que allí tomó el nombre por el que conocemos hoy a este juego. El bingo se jugaba en las ferias de los pueblos campesinos y los jugadores marcaban los números de sus cartones con granos (beans, en inglés). Al hacer una línea, el ganador debía gritar “Beano”, nombre con el que se conocía el juego. Se cree que el nombre bingo vendría de una forma errónea de llamar al juego.

Un vendedor de juguetes llamado Edwin Lowe llevó el bingo a la ciudad de Nueva York, donde se hizo muy popular. Desde allí se esparció por todo este país y por el resto del mundo.

En aquel entonces el juego solamente tenía 24 cartones diferentes, por lo que en cada juego los premios se debían repartir entre diferentes ganadores. Durante la década de 1930 Lowe contrato al matemático Carl Leffler para que creara más tarjetas con las combinaciones de los números del 1 al 75. Leffler creó más de 6.000 cartones con diferentes combinaciones de números. En la actualidad, los cartones de bingo usados en los casinos tienen más de 96.000 combinaciones distintas.